12 de agosto de 2012

Pollo con ciruelas

Aquí llega lo nuevo de Majarne Satrapi...

Las depresiones, en ocasiones, pueden resultar bonitas. Marjane Satrapi ha decidido que el anecdotario que descubrió de su tío (un joven apuesto al que conoció por una foto y las anécdotas familiares, que ocultan su oscuro final) debía ser adaptado y revestido para contar una historia de amor traspasa-barreras, cuya imposibilidad es lo que hacía más fuerte ese sentimiento. De ahí surge Nasser Alí, el todopoderoso protagonista de esta Pollo con ciruelas que, a diferencia de la actualidad en casi primera persona que representó ilustradamente en Persépolis, nos traslada a finales de la década de los ’50 a Teherán y a la mente, casa y hastío de un músico nómada que, tras veinte años paseándose por medio mundo, regresa a su ciudad con los bolsillos vacíos, un amor dejado atrás por imposiciones familiares y una nueva imposición: la de casarse con una mujer que no amaba. El resultado de esa relación, violenta e incorrecta, acaba saldándose con la muerte de su símbolo e instrumento en el que guardaba todas sus sensaciones y frustraciones: la rotura de su violín. Tras eso, Satrapi decide que Nasser Alí sólo puede anhelar una opción: la muerte. Y sí que la anhela.

En parte lo anhela porque Amalric y todo el coro que lo secunda se meten completamente en la representación en formato teatral de esta adaptación cinematográfica. Mathieu Amalric se convierte cuando quiere en una especie de caricatura de Salvador Dalí en versión intensa y, cuando quiere, se desarma e implora eutanasia voluntaria como en una especie de ejercicio de drama realista adaptado al desamor. El simbolismo del que el tándem Satrapi-Paronnaud logra impregnar un ejercicio de tributo al romanticismo y el amor aplicado al paso de los tiempos nos hace creer en la posibilidad real y no-superflua de un cruce arábigo entre el cine de la versión más fantástica de Scorsese aplicado a postulados algo más reales y menos pro-Disney, al cine de Tim Burton (filmes como La novia cadáver parecen inyectados en la carne de la historia) e incluso a esa versión de road movie costumbrista y estéticamente perfeccionista de los films de Kusturica pero sin el gitaneo.

 Si bien Satrapi y Paronnaud contaban con un aval como Persépolis, en este segundo ejercicio conjunto parecen haberse superado: si bien la anterior consiguieron que todo Oriente y Occidente miren con los mismos ojos un arma tan reivindicativa como aquella, en esta parecen haber conseguido que la película consiga superar el libro, cosa bastante difícil que ocurra. Para la versión fílmica de Pollo con ciruelas Satrapi cambia el instrumento del protagonista (en el cómic es el tar, en la película el violín: mucho más internacional, simbólico y expresivo) y utiliza su base ilustrada como una especie de storyboard de un ejercicio que gana muchísimos enteros en su versión para la gran pantalla: no sólo se engrandecen los gags que en el libro resultan hasta pequeños, sino que dota al drama romántico de un tonel de actitudes cómicas, de épica fantástica (su mentor como profesor de violín es una especie de Saruman budista) y de una destreza por el cine fantástico que no resulta superfluo, sino perpetuamente evocativo. No teme a mentar a la muerte (de hecho Azrael, el ángel de la muerte, es el narrador y una de las piezas claves del film) ni a hacer guiños al cine tétrico y oscuro de Tim Burton (el grueso del desarrollo central de la película se estaciona en el cuarto de Nasser Alí y en los pasillos depresivos donde espera ansioso su muerte). Las incursiones dramáticas de Maria de Medeiros (la “mala” que no lo es tanto), Isabela Rossellini (su madre, instigadora y mandona) o Chiara Mastroianni (la amada imposible) responden con soltura aunque no estén a la altura de un Amalric que se merienda la cámara y la carga de expresiones que, a la larga, acaban resultando éticas, idealistas, lacrimógenas y hasta reivindicativas.

Fuente: notodo.com

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